Enseñar sin conexión, aprender con pasión
Publicado: 11 de agosto de 2026
A las seis de la mañana, mientras la niebla todavía cubre las montañas del A las seis de la mañana, mientras la niebla todavía cubre las montañas del Caquetá, algunos estudiantes ya llevan más de una hora caminando entre trochas y caminos de tierra para llegar a la Institución Educativa Rural Brisas de San Isidro. Algunos vienen desde veredas lejanas; otros cruzan pequeños ríos antes de entrar al salón.
Cuando finalmente comienza la clase, el tablero deja de ser el protagonista. En su lugar aparecen fichas, cartas, animales de la selva, retos y risas. Allí, en una escuela donde la conectividad es limitada y la tecnología parece un lujo distante, niñas y niños aprenden pensamiento computacional sin necesidad de un computador. La docente detrás de esa transformación es Lina Zulay Urrutia.
Hace cuatro años dejó Pereira para aceptar un reto que cambiaría también su manera de entender la educación. Llegó a La Montañita, Caquetá, para enseñar en una institución rural que recibe estudiantes de cerca de nueve veredas, muchos de los cuales recorren hasta dos horas para asistir a clase. Allí descubrió que enseñar significaba mucho más que cumplir un currículo: implicaba comprender el territorio, adaptarse a sus dinámicas y encontrar nuevas formas de despertar la curiosidad de sus estudiantes.

Aunque su área es Ciencias Sociales, también debía enseñar conceptos relacionados con tecnología y programación. Como muchos docentes, lo hacía a través de diagramas de flujo y algoritmos básicos. Sin embargo, pronto notó que aquello que parecía sencillo sobre el papel se convertía en una barrera para sus estudiantes. No era falta de interés, los conceptos resultaban demasiado abstractos para una realidad donde aprender siempre había ocurrido desde la experiencia.
Esa tensión la llevó a replantear su práctica. En lugar de preguntarse cómo explicar mejor la programación, comenzó a preguntarse cómo podía hacer que sus estudiantes la vivieran. La respuesta llegó de la mano de Colombia Programa y de BioBots, una estrategia de aprendizaje desconectado que convierte el pensamiento computacional en un juego de decisiones, estrategias y resolución de problemas. Así las secuencias dejaron de ser flechas dibujadas en el tablero, ahora eran movimientos; los algoritmos dejaron de ser definiciones, ahora eran caminos para resolver un reto, y la lógica dejó de memorizarse para empezar a experimentarse.

Pero Lina no se limitó a incorporar un nuevo recurso al aula, lo hizo suyo. Observó el territorio y decidió que el juego debía parecerse al mundo que habitaban sus estudiantes, así que incorporó especies propias del Caquetá, adaptó los nombres de los animales como se reconocen en la región e integró problemáticas ambientales presentes en su cotidianidad.
Así, aprender pensamiento computacional también empezó a significar conocer el bosque, reconocer la biodiversidad y comprender que la tecnología puede dialogar con el contexto y con la cultura. BioBots dejó de ser un material didáctico para convertirse en una extensión del territorio dentro del aula y los cambios también se hicieron visibles en sus estudiantes.

Ailen y Briset, quienes recorren largas distancias para llegar a la escuela, coinciden en que las clases son diferentes desde que comenzaron a trabajar con BioBots. Ya no se trata únicamente de resolver un ejercicio, ahora colaboran, debaten estrategias, toman decisiones y ayudan a otros compañeros y compañeras a superar los retos que plantea cada actividad. El aprendizaje dejó de ser una experiencia individual para convertirse en una construcción colectiva.
La transformación también trascendió el grupo con el que comenzó la experiencia. Hoy Lina trabaja estas metodologías desde preescolar hasta grado undécimo, e incluso ha inspirado a otros y otras docentes de la institución a incorporar nuevas formas de enseñar. Mientras juegan, sus estudiantes identifican patrones, construyen secuencias, prueban hipótesis y resuelven problemas casi sin darse cuenta, pero, sobre todo, descubren que aprender puede ser emocionante.
En un territorio donde la conectividad continúa siendo un desafío cotidiano, Lina encontró una certeza: la innovación no siempre depende de la tecnología. A veces nace de la creatividad de una docente que decide mirar su contexto con otros ojos y convertir las limitaciones en oportunidades.

Porque enseñar pensamiento computacional no empieza con un computador, empieza cuando alguien encuentra una nueva manera de despertar la curiosidad, y en una escuela rural del Caquetá, donde cada mañana comienza con horas de caminata entre la niebla, esa curiosidad ya encontró el camino para quedarse.



